Que “la Amargura puede con todo” es una frase que cualquiera ha
escuchado, celebrado e incluso enunciado, pero no puede ser el vehículo
para un mal entendido sentido de la responsabilidad. Esa frase no puede
esconder el desempeño en tan fundamental tarea como el vestuario de la
Virgen, cuestión que este año ha provocado un extendido malestar y que
debe ser objeto de análisis para su mejoría. La Amargura es una imagen
exigente, y exigente debe ser la Hermandad; no caben conformismos como
de hecho no caben en el espléndido comportamiento este año tanto de la
cofradía y su cuerpo de nazarenos como de los dos pasos, fruto de ese
incesante empeño en la excelencia. Que la Amargura no luzca algunas
joyas que eran cedidas cada Domingo de Ramos por hermanos, como ha
ocurrido este año, es potestad de los oficiales; velar por detalles como
el mencionado debe ser obligación. En la salida, se solucionó con
rapidez una pequeña fisura en la ráfaga de la corona, producida en la
primera levantá dentro de la iglesia. Enfilando ya la puerta se
intervino de urgencia y no se apreciaron mayores problemas en todo el
recorrido.
Salvo esta cuestión puntual, pero de notable relevancia, apenas pequeños
detalles, si bien alguno se arrastra de año en año como el mejorable
tránsito de la cofradía por la Catedral: la situación reiterativa de que
la cofradía quede estancada en el Templo Metropolitano, con el
misterio en Alemanes y el palio sin poder salir de la Puerta de los
Palos, no ha tenido solución.
Los 10 minutos de retraso en Palos se han convertido en habituales. De
hecho, el tiempo de paso se antoja demostradamente corto en Carrera
Oficial, con un margen de cofradía de negro. 35 minutos de paso
no parece una correspondencia lógica y cofradías de similar tamaño
cuentan con diez, quince y hasta veinte minutos más de tiempo. Un margen
ligeramente mayor permitiría a la Amargura no ampliar cada año el tiempo
de retardo en la Puerta de los Palos. El palio ha entrado en la iglesia
en hora por primera vez en años, con la salvedad de una reciente
estación en la que el riesgo de lluvia aligeró sobremanera el regreso.
Este año se ha introducido la posibilidad de que hermanos de la cofradía
con más de 75 años o impedidos accedieran a una parcela de sillas
reservada. Diez fueron las solicitudes y todo transcurrió con normalidad
dentro de las lógicas dificultades de acceso a la Plaza para personas de
avanzada edad. Dentro del templo, se contabilizaron unas 80 bajas
de nazarenos, que sacando papeleta de sitio no acudieron a realizar la
Estación de Penitencia, lo cual supone cerca de un 10% del total.
Parece haberse aparcado la idea de lanzar la Cruz de Guía hasta
la Plaza de los Carros para dar salida a todos los tramos del paso del
Señor –al menos, la cofradía se detuvo en varias ocasiones durante la
salida–, así como el hecho de comenzar la interpretación de Silencio
Blanco antes de franquear el dintel: el clarín comienza con el paso
totalmente en la calle –lo cual no es ni mejor ni peor, pero en el palio
Amargura sigue comenzando con el palio completamente dentro–. Que sea
discreción de los capataces sería un buen gesto, pero en caso contrario
provoca una incoherencia perfectamente evitable –insisto, salvo que sea
por recomendación de los capataces–. Más aún, el avance del misterio en
la Plaza de San Juan de la Palma forzosamente debe haberse ralentizado,
pues cuando Silencio Blanco comenzaba en el templo el paso tenía
tiempo de romper en la calle con el rush final de la
marcha mientras esta vez al enfilar la vía de la Plaza ha tenido que
hacerlo a tambor al agotar la marcha completamente.
Con las peculiaridades que el recorrido de ida incluye, pues los
retrasos del día condicionan enormemente el trayecto hacia Campana, la
entrada en Carrera Oficial y el transcurso por los Palcos ha resultado
sencillamente excepcional, difícil de mejorar tanto en cortejo como en
los pasos. Espectacular como siempre el Desprecio de Herodes, una
referencia indiscutible y una forma de entender un misterio imitada con
toda la razón, este año cabe una mención muy especial al palio de la
Amargura, cuya cuadrilla ha mostrado un nivel equiparable al de la mejor
época de los 80. Su paso por la Plaza de San Francisco, con Amargura
y con Soleá dame la mano finalizando en la última silla de los
Palcos, es de esas cosas que quedan en el recuerdo.
Fuera ya de Catedral, mientras el Desprecio de Herodes aconseja afrontar
Argote de Molina de manera eficaz y sin arabescos y en absoluto desluce
su andar decidido el tambor, no parece acertado prescindir de La
Madrugá –o una marcha similar– para la subida del palio. No debía
estar previsto así, o al menos no se transmitió debidamente al capataz,
que arrió el paso antes de la esquina de Placentines cuando es su
costumbre y su exigencia a la cuadrilla cubrir el trayecto entre el
final de Alemanes y la llegada a Francos sin detenerse. Al
arriar comenzó La Madrugá, pero ya no era lo mismo.
Imponente aún, falta algo si la Amargura cruza a tambor por dicha
cuesta, máxime cuando ya la concurrencia espera esos suaves toques que
emulan los pitos del Silencio y que avanzan una marcha que tardó
años en ser interpretada en la cofradía después de un largo debate que
sin embargo no se ha producido posteriormente con otras composiciones,
como puede ser el caso este año de Margot, la cual el
suscribiente no tuvo la ocasión de escuchar en el palio y que ha
recibido más halagos fuera de la hermandad que dentro (seguramente por
esta idiosincrasia tan particular que dejó en el cajón la marcha de Abel
Moreno durante años y años). Pensar que a tambor se gana tiempo en esta
cuesta sería un error demostrable y demostrado.
La impresión que ofrece el recorrido de vuelta es de notable
estabilidad. Aunque hay hermanos, muchos y notables, que sueñan con
recuperar Tetuán, el embudo del Banco de España y que cada año que pasa
el Amor transmite menor urgencia en que se recupere el trayecto anterior
va cimentado el recorrido por Argote de Molina, Francos, Salvador y
Cuna. Indudablemente, los pasos agradecerían un recorrido más ancho
(Plaza Nueva-Tetuán-Velázquez-O'Donnell-Campana), igual que el cuerpo de
nazarenos, y es ahí, junto a los condicionantes de público de ciertas
calles y al margen de los lógicos gustos particulares, donde se mantiene
activo el debate.
Particularmente, la estrechez de
Santa Ángela proporciona un gran
recogimiento a costa de una de las vueltas con más enjundia de todo el
recorrido, la de Alcázares hacia el convento. Al término de las obras de
la Encarnación será el momento de valorar si se mantiene el actual
recorrido o se recupera el anterior. Ya dentro de la calle, la valla de
Alcázares es un peligro potencial al perderse la única vía de evacuación
en 200 metros. Igualmente, no parece justificada la desertización
de la acera del convento, algo que no ocurre al pasar la Macarena, por
ejemplo. Las recomendaciones del Cecop dejan a la cofradía un
cierto
margen de decisión.
La ausencia de contingencias externas y el control de las propias
abrochan una Estación de Penitencia, con las ligeras salvedades
reseñadas, espectacular y que cualquier firmaría de año en año. Aunque
la Amargura pueda con todo, se debe ser exigente, y en esa exigencia hay
que felicitar a los responsables de la Estación de Penitencia y
felicitarnos todos por una Amargura tan llena de gozo.
* Jesús Ollero
actualmente es editor del portal web de Diario de Sevilla y es hermano
de la Amargura desde 1975.
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Domingo
de Ramos 2009
Y la Amargura fue gozo |
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Por Jesús
Ollero, periodista y hermano de la Amargura*
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